OFENSA O TABACO
Las costumbres y tradiciones de los pueblos en México moldean la vida de la sociedad campesina que alejadas de las urbes, viven desprotegidos y hacen de su cultura una ancestral forma de vida, que mimetiza el origen de nuestro México, sin duda como historia y un gran regalo para nuestra actual época.
Los relatos y anécdotas son una forma de expresar la riqueza de nuestras raíces, pero también nos dejan ver la lealtad de los pobladores hacia sus costumbres, tradiciones y creencias como forma de conocimiento social y único.
Les compartiré un cuento de una muy buena escritora, Yiria Escamilla, que nos muestra un lirismo único de expresión cultural que ha conseguido preservar la narrativa rural. Los sorprenderá y por si mismo se reflexionara de la forma de vida de nuestros pueblos.
Sinopsis: Se enmarca en una trama familiar donde una creencia estereotipa a uno de los personajes para determinar su forma de vida y desde el principio te hace pensar situaciones que posiblemente no son las verdaderas. Deja entrever una ofensa, pero ¿Eso determina lo que paso? O ¿Existe otra posibilidad que determine la situación?, si fuera así ¿Por qué paso lo que paso?.
Al terminar espero tus comentarios, te aseguro que tendrás mucho que decir.
DEL TABACO O DE LA OFENSA DEL BESO
YIRIA ESCAMILLA
Hace como doce años que no veo a mi hija y no me arrepiento de haberla corrido de esta casa. Y ahora que usted viene a decirme que está muerta, lo único que consigue es que vuelva mi vergüenza de no haberla matado yo mismo cuando ofendió a su familia y a todo su pueblo. ¡Y si acabo refundida en esa mala casa sin quien viera por ella, fue coa de Dios, no mía!.
Usted perdonara mis mala palabras, pero es que a muina, con los años, en lugar de achicar se hace mas grande. En cambio, ya vio, su madre no deja de chillar como si esa hija fuera una santa y se hubiera contentado con su familia. Todos los hijos ya se me casaron y se fueron, así que ni consuelo tiene mi pobre mujer de lo que usted nos vino a contar. A lo mejor luego se conforma cuando nos llegue el perdón; mientras, está bien que llore.
Cuando nació mi hija costo harto trabajo que se lograra, parecía que se nos moría a cada rato. Hartas ensahumadas de tabaco le dábamos para que agrandara sus pulmones, y así se compuso. Ya de grandecita nomas nos ayudaba a juntar la hoja de tabaco por que luego luego tosía con el esfuerzo de moler las hojas secas. Siempre iba tras de mí en las parcelas, recogiendo las hojas de tabaco que cortaba con el machete. Así que estuvo muy consentida por nosotros, pero eso no le daba el derecho a echarse a perder. ¿Dice que murió de sida? No, aquí no sabemos de las enfermedades de los gringos, porque son de gringos y malas mujeres esas cosas, ¿no?.
Dice usted que no lo dejan enterrarla en el cementerio municipal porque temen que contagie al pueblo entero. Eso no lo entiendo, ¿a quién va a contagiar? ¿a los demás muertos? Le voy a pedir que me haga el favor de recibir unos centavos para que pueda llevarse el cuerpo lejos y hacer que descanse. No le hace que gaste más, yo le enviaré lo necesario, pero no deje que mi niña ande rodando también después de muerta.
¿Gusta fumarse un cigarrito, paisano? Estos los hacemos aquí en su pobre casa, con la mejor hoja los enrollamos con cuidado para no torearlos mucho. Están tan suaves corno las manos de las mujeres que ayudan en el corte. A mi niña le gustaba acariciar las hojas una por una, y se pasaba las horas contemplándolas acostada bajo los tendederos repletos de tabaco seco. Siempre olía a tabaco porque dormía en el cuarto de la secada. Usted perdone las lágrimas, es que el humo está re fuerte.
A veces pienso que mi hija se hizo mala porque no la dejamos ir a la escuela para que conociera a varones de su edad, y como casi ni salía por andar cuidando sus hojas, no había hombre que la deseara. Será porque de niña, como era muy berrinchuda, la hicimos tragar un puñado de tabaco con sus orines para que dejara de tirarse al suelo y no se nos fuera a ahogar. O a lo mejor fue que se crio como única entre tanto varón de la casa que le mandaba, que pronto les perdió el gusto. O fue que se bañaba en el río con su madre, sus tías jovencitas y su abuela. ¡Vaya usted a saber!
¿Qué por qué tanta ofensa? Ni yo mismo sé si fue para ella o para estos sus padres que, con la mayordomía encima, debían dar el ejemplo en el pueblo. Nada le costaba guardar la compostura con sus mañas.
Ahorré años para pagar los gastos de la mayordomía y honrar a nuestro santo patrón; antes venerábamos al agua que brota con una imagen de piedra, pero de eso no más se acuerdan los ancianos, ahora nomás santos varones y a la virgen.
Tenía a mi cargo a un mayor, a cuatro toyatados y a un escribiente, y con ellos apalabramos a los danzantes y juntamos el "dinero de los santos" que se presta a los del pueblo y les cobramos los intereses. Dos años dura el servicio, y como recién salía de la mayordomía una de las viudas del pueblo, decidí que tenía que honrar el cargo con una fiesta más grande para que se notara la diferencia.
Un día antes de la celebración, con mis asistentes, bajé al pueblo muy temprano con todos los trastes de la cocina, con las jícaras para el atole y el pozole, con los cigarros y los cohetones.
Nuestras mujeres e hijas se pusieron a moler el maíz y el chile en la casa que un compadre me prestó para la salida de la procesión, nosotros recogimos leña y ensartamos las flores con las hojas del tabaco para adornar el patio. Toda la noche revolvimos las ollas y cuidamos el fuego; también tornamos aguardiente.
Ya por la mañana llegó la banda de música y se limpió la mesa principal para que se sentaran las autoridades. En el centro puse una jarra de agua, cigarros, velas y un cuenco de sal. Uno a uno fui ofreciendo a cada hombre un cigarro, empezando con los principales, y nadie me desairó el regalo. Todos fumaban mientras les daba una vela para entre garla al santo en la iglesia.
Y esta mala hija, en la mera fiesta del pueblo, vestida de fiesta y con sus trece años, se acercó a los abuelos a escondidas y de la ofrenda de tabaco guardó un cigarro en su mandil. Luego de los rezos y casi para empezar la salida de la procesión, prendió el cigarro con un cirio que llevaba en la mano. Le dio tres chupadas antes de que yo de un manazo le arrebatara el tabaco, y del miedo que le dio, mi hija salió corriendo hacía los plantíos y no hubo manera de alcanzarla. Y mejor, porque no me hubiera podido aguantar y tal vez la hubiera matado ahí mismo.
Lo demás ya se lo dije: no volví a saber de ella hasta que usted llegó con esta nueva para que pudiéramos descansar en paz cuando Dios nos llame a su presencia. Bueno, en realidad sí sabíamos de ella pero nos quisimos olvidar. Una de sus tías la reconoció en un baile en la cabecera municipal, estaba entre mujeres que se pierden en la vida, pero con mi cargo de mayordomo no podía rebajarme a buscarla. Ni aunque me estuviera muriendo podía volver a verla, no mientras siguiera en la mayordomía, y de eso ya hace los diez años. Y es que, a manera de consuelo, los viejos me dejaron sus tareas porque cuido las costumbres de aquí y porque ya no hay jóvenes que las respeten.
Dicen los antiguos que en su tiempo vivía una mujer muy hermosa que no se casaba. Los príncipes y grandes señores le requerían sus favores sin que ella diera su palabra de consentimiento. Y entre más tiempo pasaba más amada era y más linda se ponía. Dicen, también, que cuando llegaron los que conquistaron esta tierra trajeron la enfermedad mala que la mató sin dar su respuesta. Así que los grandes señores se reunieron para quemar su cuerpo sin mancillar y cada uno guardó un poco de sus cenizas en hojas. Ellos se llevaban a los labios esas cenizas para imaginar que la besaban.
Dicen entonces los abuelos que el tabaco es una mujer. ¿Y cómo no habría de ofenderme? Esta mala hija besó la boca de una mujer. Ésa es la ofensa.